Liderazgo político ante el 28 de abril

La política nos rodea

La política nos inunda, nos avasalla, pero en cierto modo es normal pues su acción afecta a diario a todo lo que hacemos; trabajo, impuestos, urbanismo, sanidad, educación y hasta la ética y la moral.

No podemos escapar de ella ni un solo día, por lo que te guste o no te guste lo mejor es comprenderla y dosificar la medida en la que nos afecta.

En la última discusión política los amigos acordamos dejar de hablar de ella de forma pasional, ya que concluimos que los políticos viven de nuestras discusiones y cobran por ello, ya que justifican su propia necesidad de ser y estar, y canalizan nuestras frustraciones sociales para su propio mantenimiento. Pensar que no vale la pena discutir entre amigos o familiares por ellos es una conclusión como otra cualquiera.

Las masas y el líder

Hace más de un siglo que se comienza a hablar de la relación entre líderes y subordinados.

Nietzsche imaginaba un Superhombre a través del cual se canalizaría el anhelo social sobre una persona convencida de que su destino era crear un nuevo orden sin ataduras morales. Esa época ya pasó para la mayoría de democracias del mundo, pero queda anclada en algunas todavía donde la frontera entre democracia y dictadura queda diluida en el culto al líder.

Gustav Lebon reflexionaba sobre la fortaleza, y a la vez el peligro, de agrupar a las masas bajo un líder, pues una vez agrupadas bajo el anonimato se sentirían fuertes y podrían volverse contra él y contra del poder construido.

Max Weber asoció el carisma al liderazgo y la posibilidad de que la adulación de los seguidores hacia ellos derive en egocentrismo y narcisismo, mientras que Freud alertó de que el exceso de carisma podría convertir a muchos líderes en peligrosos guías que se alejarían de sus seguidores y los llevarían hacia la nada a través de su incapacidad y sus promesas incumplidas.

Que cada cual analice la situación actual desde alguna de estas perspectivas.

La plantilla de líderes

Y aquí tenemos a la plantilla de candidatos a unas elecciones que realmente no son más interesantes que otras, pero que añaden el morbo de la consolidación de los nuevos partidos y la limitación de fronteras más insalvables.

Intentando no derivar en la subjetividad, intentaré realizar un diagnóstico objetivo sobre mi visión de la situación centrada más en lo personal que en lo partidista, aunque la frontera queda muy complicada de delimitar en algunas reflexiones.

Pedro Sánchez es más carismático entre su gente que otra cosa. Le refrendan su auge, caída y resurgimiento en el partido, siempre a través de la democracia interna, y su maniobra de ajedrez para acabar como presidente del gobierno en minoría.

Un hombre siempre en segunda fila de la política que pasa a la primera línea con los dos extremos del mensaje que lanza a la sociedad; políticas sociales y mantenerse en el poder por necesidad frente a los peligros de involución. Agitar el fantasma del miedo es uno de los recursos de la persuasión.

Le definen la superación de adversidades, la seducción y la dureza interna de la exclusión de anteriores líderes internos que pudieran cuestionar sus decisiones.

Pablo Iglesias por su parte es el gran estratega de la izquierda que ha sabido aglutinar a sus seguidores poco a poco, desde abajo, intentando una transversalidad que no ha resultado del todo creíble tras el pacto con otros partidos que tanto dolió a Íñigo Errejón, al romper la línea estratégica del posicionamiento de la nueva formación.

Su mensaje contra la casta y hacia el cambio radical caló. Su liderazgo era incontestable y compartido, pero poco a poco ha ido personalizándose en exceso. Le define la radicalidad en la defensa de sus postulados, el ejercicio del poder a nivel interno y su victimismo como enemigo del poder establecido.

Pablo Casado es otro hombre de la política con el difícil papel de asumir la derrota de Rajoy en la moción de censura y presentar un partido renovado. Acosado por su derecha por Santiago Abascal unas veces recupera a Aznar para evitar la sangría de votos por la derecha y otras mantiene un estilo centrado para evitar la fuga hacia los de Rivera.

Le definen la juventud, el cambio interno y la recuperación de valores de partido perdidos.

Albert Rivera, por su parte, en un partido que no le cuestiona, representa lo más nuevo del panorama parlamentario. Una persona que llega a la política desde abajo, de familia comerciante y en un entorno social complejo en Cataluña. Deportista y con una vida no demasiado convencional, lo que da credibilidad a su liberalismo europeísta, habiendo sabido escoger un espacio político rentable de forma coherente. Ni vinculado a la derecha ni a la izquierda sino depende del momento.

Le definen la valentía, la frescura y en cierto modo la independencia ante el control político tradicional de los medios de comunicación y los poderes económicos.

Estilo personal y actitud frente al partido

El poder atrae dos fuerzas opuestas que radicalizan al votante; una de adhesión al que manda, y otra de rechazo. Así que Pedro Sánchez recuperará seguidores perdidos de Pablo Iglesias y algunos nuevos manteniendo mano firme a nivel interno y manteniendo su perfil narcisista como parte de estilo propio y de estrategia política que le ha llevado a conquistar a las bases de su partido.

Pablo Iglesias cambia su estrategia a mitad precampaña convirtiéndose en víctima del poder pero se enfrenta a una realidad nada favorable. La fuga de sus más allegados, la desintegración del partido (más bien de sus agrupaciones satélites), la ausencia menos oportuna de su baja por paternidad y la duda si es de la casta o está frente a ella. Y como el poder atrae, a veces traslada la sensación de ser la vicepresidencia del gobierno, algo de lo que obtener rédito electoral.

Pablo Casado, como un río entre dos orillas, busca la posición más técnica, posicionándose como presidenciable, con algunos cambios de tono en sus mítines; desde la moderación que busca la pesca en votantes de ciudadanos, y los alegatos más firmes hacia la orilla de votantes de Abascal.

Albert Rivera, en su postura de centrismo liberal pero firme en sus convicciones, busca anclarse en su posición actual. Tras su fase uno de pactos con socialistas en algunas regiones y su ambigüedad en otras, se posiciona ahora con el cambio de gobierno junto con Casado en su fase dos de la estrategia.

En general estos cuatro líderes mantienen una posición muy similar con sus diferencias estratégicas, presentándose como legitimados por el partido, con sus pactos post electorales y claramente cómodos entre dos bloques.

Pero llega un líder nuevo al que nadie tomaba en cuenta. Estigmatizado por la prensa y por los partidos, con dificultades para llegar con un mensaje claro a los medios de comunicación, y llenando mítines contra todo pronóstico.

Santiago Abascal no viene a proponer nada nuevo sino todo lo contrario, a reivindicar la firmeza de los postulados más tradicionales de la sociedad y la política frente a la tibieza y el progresismo. Su posicionamiento ideológico no parecía ser preocupante pero algo ha pasado para convertirse en enemigo ideológico de un bloque y en principal competidor en el otro.

Llega de un entorno de supervivencia frente a las amenazas de muerte del terrorismo, y proclama que su propio partido de antaño, el de Aznar, abandonó todo por lo que él había luchado. En un partido nuevo, sin tiempo para primarias, su legitimidad está fuera de duda, como lo fue en su momento en el caso Rivera. Realmente es un storytelling nuevo en nuestra política que ha calado como leí ayer “entre los que dicen lo que quieren que pienses, o los que dicen lo mismo que piensas”.

La relevancia del líder frente al voto

Las nuevas teorías del liderazgo político, como la de Archie Brown, (El Mito del Líder Fuerte) intenta derribar la premisa del efecto directo entre un liderazgo fuerte sobre la posición ideológica del votante.

No estoy del todo de acuerdo con que se cuestionen las teorías de décadas anteriores sobre todo centradas en el carisma, pero sí coincido en que algo ha cambiado. En mi opinión la ruptura del bipartidismo introduce en la estrategia de los partidos los recursos trampa para obligar a un posicionamiento de los demás, por lo que rescatan temas superados para forzarnos a elegir una opción. Hacía mucho tiempo que no se hablaba de Franco, ni de extrema derecha ni de extrema izquierda, por ejemplo. Y para mí la sociedad sigue siendo la misma.

Entre otras cosas los líderes actuales se parecen mucho entre ellos. Todos son jóvenes y vienen de la política. ¿Sería fácil que una mayoría se decantara ahora mismo si hubiera un perfil que desentonara en edad, como Rajoy o Rubalcaba? Y eso que la madurez y la experiencia política deberían ser, a priori, un valor para presidir un gobierno.

El programa de Bertín Osborne, criticado por unos y aplaudido por otros, nos dio versiones con las diferencias más humanas que políticas entre unos y otros. Curioso que ni Sánchez ni Iglesias quisieran acudir, criticado por muchos analistas políticos, y posiblemente de común acuerdo para dividir a los televidentes entre los que sí acudieron, marcando diferencias y evitando comparaciones. Y sé que muchos han decido en base a lo que vieron y escucharon.

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En conclusión, el líder sigue convenciendo a las personas desde su lado íntimo, porque la persuasión es la gestión del lado humano para cambiar la forma de pensar en lo ideológico. Por eso la legitimización del poder que ostenta cada uno y la forma de haberlo conseguido es relevante para muchos.

Y por último, si es el partido quien debe gobernar y no la persona, no sólo debe ser el líder el referente de una decisión electoral, sino la cohesión del partido y el compromiso con el programa electoral. Pero la realidad es que cada persona se mueve por unas preferencias, y tenemos también derecho a ello.

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