Relato 2. La mujer de neón.

Llevaba varias semanas impactado por aquella visión. Ese espectro de humo que sobrevoló nuestras cabezas. Miguel Ángel se quedó igual de asombrado que yo cuando ocurrió, de madrugada, en aquél cuarto donde componíamos música, cerrado herméticamente y sin entradas de aire. Nos sobrevoló como humo compacto y con un movimiento elegante. Entró y se fue sin más, sin explicación. No fumábamos, no había nadie, no tenía sentido.

Lo vimos, nos miramos y sin hablar nos marchamos rudos de allí. No era miedo lo que nos estremeció, era la falta de explicación razonable a aquél fenómeno sin igual.

Soy de los que casi todo se lo cree, o se lo quiere creer, ¿y por qué no? No hay argumento razonable que lo explique, pero tampoco que certifique que no ocurrió.

Pero la otra noche fue diferente. Piensas que algo te puede volver a pasar, o que ocurra algo similar, y de hecho yo lo esperaba con expectación. Pero la otra noche no fue igual, ni parecido.

Soy de sueño letargo. Poco o nada me suele despertar a media noche, ni siquiera los problemas, que me suelen despertar al alba, siempre al alba.

Debían ser las 3 de la madrugada, y tuve un despertar espontáneo, de esos que te quitan el sueño de pleno, como si no hubieras estado dormido. Noté que algo me acompañaba y que merecía mi atención, o que reclamaba mi compañía.

Me giré hacia el lado de la cama donde dormía mi mujer y la vi. Como cubierta de hilos de neón, bella y sonriente. Sentada en la cama como esperando a que despertara sólo para ella verme, y que yo la viera.

Me pareció una imagen dulce, tan dulce que pensé que era una extraña visión de mi propia mujer. Me incorporé en la cama pensando que era ella, pero alargué mi mano para contrastar que seguía dormida a mi lado. No era ella.

Hice lo posible por centrarme y encontrarle sentido a mi notable desconcierto. Pero la mujer de neón seguía ahí, con un traje largo y la cabeza semi cubierta por unmujer-de-neon-relato pañuelo. Todo como de hilos de neón verde, rojo, blanco y azul.

Le pregunté quién era. Me desvió la mirada, miró hacia el frente y volvió a girarse centrándose en mis ojos. Y me volvió a sonreír, pero no habló.

El misterio seguía tan presente que me pellizqué. Sí me pellizqué para sentir que estaba despierto, fue mi primera reacción instintiva.

Alargué la mano intentando tocar su vestido pero percibí con enorme realidad que mi mano la atravesaba sin conseguir tacto.

Le volví a preguntar, en voz alta y clara:

Quién eres, qué quieres.

Esta vez me respondió:

Nada. Me tengo ir ya.

Y se desvaneció.

Me alteré más por incomprensión que por miedo, por confusión, por desconcierto. Como la otra vez.

Necesitaba una prueba de que no estaba soñando. Desperté a mi mujer y le pregunté:

¿Has visto eso?

– ¿El qué? Me respondió aún dormida

– Nada, nada. Respondí. Preferí no atemorizarla.

Me levanté, fui a beber agua. Dejé pruebas de mi presencia sobre la mesa de la cocina. Esperaba que cuando volviera a despertar, ya amanecido no siguieran allí y poder certificar que todo fue un sueño.

Pero al volver ya levantado con las primeras luces del día, allí estaba la prueba. Ocurrió algo, seguro que algo ocurrió.

Desde entonces sueleo despertarme más a menudo a esas horas, será la edad, serán los problemas. Y siempre busco si ha vuelto al pie de mi cama.

Pero nunca volvió.

Mil vueltas he dado a quién podía ser, qué pudo ocurrir. Pero nada he aclarado de esa noche.

No me importa, espero un día volver a verla, y que me hable un poco más.

No es miedo, es sólo buscar respuestas a lo que hoy me parece inexplicable.

Y desde luego sí creo que alguien vino a verme, y que volverá. Es cuestión de esperar, y estar atento.

Basado en un hecho real.

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