Relato 3. El taxista chingón.

Los avatares de la vida y la buena gente que conoces en ella te llevan a veces a sitios que, a priori, no forman parte de la ruta de tu vida.

Imagínense en una ciudad de México un colombiano, un chileno y un español dispuestos a pasarlo bien, y acompañados de un mexicano sin demasiados complejos. Puede pasar de todo.

Es una de las escapadas fuera del circuito recomendado y sin guía local nos falló la red móvil y tuvimos que desistir de un Uber que tan buenos resultados no había dado hasta entonces. Caímos en un taxi. Si eres de allí lo sabes, pero si eres extranjero te da igual blanco que verde.

Fue pensarlo, señalar uno que vimos algo lejos, cuando este hizo un frenazo en medio de una gran avenida en Monterrey.

“¡Vengan, vengan!” gritaba desde lejos mientras le pitaban los coches por su brusca maniobra. Un tipo decidido y valiente, sin duda.

Sin tiempo para pensar subimos al coche. Al instante notamos que algo no iba bien. ¿Algo digo?, realmente casi nada.

“Tenga usted cuidado con el cinturón, que no engancha”, dijo a nuestro amigo chileno que subió delante, mientras que a los de atrás, engullidos en el asiento, nos decía “cuidado con el asiento, que está algo suelto”. ¿Algo suelto? No había un solo muelle.

Mi mujer me miraba de reojo, como para que no perdiera la atención.

El tipo que conducía iba rapado, mexicano de pura cepa, con unos brazos el doble que los míos, y con un movimiento corporal incesante.

El carro no debía tener marchas más allá de la segunda, o al menos nunca pasó de ella, pues íbamos muy revolucionados, siempre vibrando.

Y así, entre acelerones y frenazos, a miles de vueltas de motor, arrancamos hacia nuestro destino.

Mientras iba intentando meterse por lugares imposibles, entre coches el doble de grandes, adelantando por donde no había sitio, él, tan natural, haciendo preguntas sin parar. Que de dónde éramos, que a dónde íbamos, qué hacíamos allí….

En unos minutos comenzamos a pensar aquello de “quién me manda a mí tomar un taxi en México, si tantas veces me avisaron que no lo hiciera”.

Anochecía, Monterrey es una ciudad muy grande, mucho. Entre acelerones y preguntas nos fuimos quedando poco a poco en silencio, agarrados a donde podíamos. Aquello iba perdiendo la gracia de un tipo tan peculiar.
550215_yakarta_indonesia_traficoEl atasco era monumental, imposible adaptarse al lento ritmo para un agreste piloto como el que nos transportaba.

En eso que dio un seco volantazo, directo, sin importar quién hubiera detrás o delante, ni a su derecha ni a su izquierda. “Conozco un atajo señores, no se preocupen de nada”.

El atajo fue lo peor. Entramos por calles sin luz, vacías de gente ni vida, con coches a medio desguazar.

La velocidad era endiablada. La segunda marcha ponía un punto de ruido y un temblor al carro que al conductor le daba importancia. Y en eso que el coche pilló un badén a toda caña, y saltó en plan película. Vaya que si saltó.

Al grito de “¡Carajo, no se me miraba, no se me miraba!” el coche impactó contra el suelo en su descenso del inesperado vuelo, causando un estruendo de sonidos mecánicos y un golpe a nosotros importantes. Y sin muelles ni cinturón. “¡Carajo, no se miraba!

Locales_MILIMA20131118_0772_11Si quedaba una pizca de gracia allí murió. Pasamos de ir en silencio a una zona de temor real. Sin hablar, mirándonos de reojo, esperando no encontrar una oscura esquina con siluetas esperando algo.

Antes lo digo y allí aparecen. Nos acercábamos a ellas como quien va al matadero. Ya está, aquí acaba el viaje, y todo por coger un taxi, ¡si me habían dicho que no lo hiciera!

Me venían a la mente las palabras de mi madre. ¡hijo, ni se te ocurra entrar en calles oscuras, ni se te ocurra coger un taxi, prométemelo” y yo lo prometí. Además de imprudente, mentí.

Que sea rápido, que me lo hagan todo a mí, pero no a mi mujer. Joder tendré que dar la vida, que no duela… cerramos los ojos, en silencio, ya sin mirarnos y…. Nuestro hombre pasó de largo. Suspiros, pero puede ser en la próxima esquina. Llevamos todos los números.

Pero a la siguiente esquina aparecieron luces, de nuevo la ciudad. Habíamos salido de esa zona olvidada y oscura cuando al fondo vimos el rótulo luminoso del hotel. Era como una aparición, luz tras las tinieblas. Sol tras una noche de miedo.

Casi con lágrimas en los ojos, mirándonos con ojos de supervivientes, volvíamos a articular palabras, ¡allí está, allí está!”

“Claro señores, ¿qué pensaban?, les dije que conocía un atajo”, asentía gracioso el voluminoso taxista.

Rompimos el hielo. Le dije “joder, eres un crack al volante, voy a traerte a Fernando Alonso para que le enseñe a conducir.”, se partía de risa, le gustó.

Con los últimos requiebros, frenazos y adelantos imposibles me dijo que él no era mal conductor, que adelantaba cuando podía pero sin molestar. Y me dijo que él era un chingón, no un pendejo.

Nos explicó la diferencia, un chingón es un tipo movido, atrevido, pero un pendejo hace las cosas para fastidiar, vamos un cabrón. Tampoco sé si lo entendimos bien, más que nada por cómo se expresaba.

Al final nos hicimos hasta amigos. Llegamos y bajamos del taxi. Nos despedimos deseándonos volver a vernos. “¡Dame un abrazo, chingón!” le dije.

Al poner los pies en tierra nos entró un ataque de risa, una risa nerviosa de las sensaciones de miedo acumuladas. Un risa que duró varias horas, y aún sigue cuando lo recordamos.

Esto es lo que se llama una experiencia. Y estas cosas nunca se olvidan. Sobre todo si acaban bien.

Todo porque allí fui para hablar de marca personal, y el chingón la tenía. Vaya si la tenía.

 

 

 

2 Comentarios

  1. Roberto Arancibia 9 diciembre, 2016 at 4:44 pm #

    Muy buen relato Pablo, Y la historia es real, la viví!, la vivimos! Yo no podría haber escrito esto de mejor forma. El momento final, el de la risa nerviosa, contagiosa, liberadora y eterna, estará entre esos recuerdos imborrables. Gracias por esto!

    Responder

    • Pablo Adan 11 diciembre, 2016 at 8:06 pm #

      Gracias a ti por la lectura y la compañía. Y a COIPOMEGI por su invitación y excelente hospitalidad mexicana.

      Responder

      Pablo Adan

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